Novela entregada vía correo electrónico
La vida de mierda de un tipo apesadumbrado
Fecha: 8 de octubre de 2006
Asunto: Vidas acotadas y movientes
Mensaje: Continuará
AT
Dando vuelta, a la esquina, interceptando un rayo de sol, se detuvo la vida. A pocos metros de un tipo que venía caminando con hombros caídos, apesadumbrado como todos. El hombre miraba por debajo de sus párpados, como espiando de modo insolente pero necesario, y no podía comprender por qué una puta regordeta se instalaba, con todas sus sobras de arte erótico naturales, en la esquina de enfrente, todos los malditos días, enarbolando un corpiño barato, de feria, sudado. Porque, desde luego, allí, a metros de él se terminaba la vida. Así, a medida que se movía, se movía a su alrededor ese suspiro que le queda a los que la llevan a su alrededor, como si no fuera capaz de seguir de largo, atravesarlo o ser inconmensurable o, incluso, ser la misma que la de los otros. No. La vida de este apesadumbrado era suya, única e inalienable. La de los otros, otra, variable de acuerdo a las nuevas noticias que Apesadumbrado oía con entusiasmo idiota, era diferente y nada tenían que ver con él ni con la suya. Brecht era un atrevido impertinente. Este tipo, el de los hombros caídos, lo sabía; si bien nunca había oído hablar de Bertolt sabía en su interior que era un disparate, al menos si alguien le hubiera hecho referencia de sus pensamientos incognoscibles se hubiese muerto de risa (y eso esperaba ansiosa la puta de enfrente, cuya vida también la rodeaba y era la suya propia, diferente).
Este hombre, cuya vida moviente lo seguía, tampoco entendía por qué le prohibían todo. Si ya fumar no constituía un pecado y el filólogo conductor de apologías insólitas invitaba a fumar “sabiamente”, por qué, justo ahora, que se había decidido, los contornos de su vida diminuta se volvían más gruesos.
En fin. La puta seguía mirándolo con lengua lasciva, no porque pretendiera que formara parte de su clientela, sino porque de él decía las peores cosas y le deseaba la peor fortuna.
Fecha: 9 de octubre de 2006
Asunto: segunda parte
Mensaje: Para quienes no recibieron la primera entrega de la vida de mierda de un tipo apesadumbrado, aquí van ambas partes: derecho y revés.
AT
Apesadumbrado anda hoy con el alma partida. Y como si se extendiese, su vida se le quiebra por delante. Por detrás, la vida. De otro. Uno mismo pasado.
Gerónimo lo mira extrañado -no es para menos, los números no le cierran. Las migas hace tiempo que no absorben nada; el tipo, siempre de hombros caídos, no bebe. Le pide al mesero, pero a éste su vida lo tiene tan envuelto que (los números no le cierran) sólo lo mira sin dar señales de que entiende que le pide fiada otra cerveza. La última se la fió hace tres meses y contaban ocho. Agazapado tras el mostrador, Gerónimo lo intimida con su ojo de vidrio hiriente y gomoso.
Una sombra fugaz que envuelve a la yegua del Mono, se mete en su vida. Atrás quedó Gerónimo con su ojo, adelante se alejan con sus vidas de plomo la yegua de mierda y el tipo ya, sin ánimos de mentir, con la pija al palo (la puta regordeta en el fondo le tiene atado. La yegua de mierda lo sabe). ¡¿Cómo se cruzan dos vidas densas?! Apesadumbrados. Todos estamos tan contentos... Se mezclan como el aceite y el vinagre, de a pedazos inútiles, desmembrándose hasta la desaparición total. Y detrás, la vida. De otro. Uno mismo pesado, lento, inoportuno.
Adelante, nada. Hasta que se cruza con otro torrente de estupidez.
Fecha: 10 de Octubre de 2006
Asunto: Parte tres del no suicidado
Mensaje: Los amo, asquerosos, con el desprecio de la evidencia de que todos tienen un mundo moviente que nos separa...
Apesadumbrado
3-
Se levanta pesado una mañana. No sabe qué, pero algo le sobra y por más que otro sospeche, él denuncia una semana estresante.
Una taza enorme de café no alivia pesadumbres, las excita. Como manos anónimas recoge el pucho del suelo que la del Mono le dejó en medio de la sala, donde se repartieron de un lado a otro sus grasas, sus asquerosas gotas de amor inasequibles. Del otro lado, lento, apesadumbrado. Adentro, el otro lado. Pasa la mano por la mesa para juntar los desechos que se fueron acumulando en cada monólogo catártico -de vez en cuando, un dedo humedecido con la lengua, reaviva la ceja rebelde que el brillo del mantel de hule le muestra deforme. El monólogo es diseccionado por el prosaico “narcisismo” del que huye (de vez en cuando se la cree).
Este tipo, más allá de sus hombros caídos, está solo. Más allá de su vida moviente no hay nada; las demás, él comprende, nada tienen que ver con él. Y en la borra del café se dibuja su futuro más inmediato:
Más allá... nada. Otra vida moviente interrumpe el campo visual y lo exaspera. El otro siempre obstáculo. Uno mismo, obstáculo de otros.
Jamás podría ser éste un suicidado, pues su vida no lo trasciende, se le queda pegada al epitelio. Es el epitelio. Y sale hacia la oficina. No sabe que jamás lo suicidarán, tampoco sabe de suicidios extra-individuales. Adelante, siempre adelante, en el mismo lugar siempre.
Hoy no me miré al espejo. Me toqué varias veces la papada para cerciorarme de que no haya un solo pelo. Podría rasurar hasta dejar el poro lo suficientemente ancho como para guardar mi odio. Méndez suele despreciar a sus empleados desprolijos. Méndez sabe cómo despreciar. El viejo te hace sentir una basura, hace que sientas vergüenza de vos mismo ¡cómo envidio ese modo tan grandioso de execrar hasta dejarte humillado...! de convertirte en un potus, una paja de esas que sólo sirven para controlar que todo funcione. Esas hechas a la fuerza. Sin imaginación. Imaginación había que tener para completar el libro de IVA, pues, nada más absurdo en la oficina. Y este reloj chino de mierda que nunca funciona. Si al menos le quitara la etiqueta de importación podría olvidarme de él y comprar más barato en el mercado de estos indocumentados, aunque corten la electricidad cada noche. El queso crema sabe bien. Ácido, como me gusta a mí.
Fecha: 13 de octubre de 2006
Asunto: quinta entrega: "todo destino"
Mensaje: Si supiera cómo me haría suicidar porque yo no tengo huevos. Además, no sé bien por qué hay que hacerlo, llevo una vida sana...
A
La finitud de la vida no es algo que les preocupe a los de la vida moviente. Adelante, sabemos, la nada. Atrás. Aquello que los mueve. Ahora lo idéntico. Ya fue.
Otro día en que Apesadumbrado vuelve confundido. Habitualmente la confusión no se presenta ni como sensación inocua. Pero le “tocó” acabar, con mucho esfuerzo, con la gorda de enfrente. Sigue hastiado de su presencia. Ella también lo odia, no tolera ni una sola curva adiposa, ni uno solo de sus poros exhaustivamente afeitados. Pero, aunque barato, lo necesita.
Que nadie pregunte qué dijo el actor, conductor o periodista. Si bien corrigen sus acentos, Apesadumbrado jamás sabe qué sucede en la pantalla.
Los inquietantes límites de lo exánime, el desplazamiento circular de las vidas movientes y el hedor de lo intransigente que se le escapa a la conciencia, de lo siempre idéntico a sí mismo no sorprende a nadie. Los insuicidados saben, no saben por qué, pero saben con la seguridad inmutable de un cirujano.
17 de octubre de 2006 (escrito el mismísimo día de la madre)
Asunto: Lo imprevisto sucedió en un sueño
Mensaje: Aunque me fuercen yo nunca dejaré de insistir que todo tiempo pasado fue mejor. Ahora no es.
A
Resulta improbable. Pero si a una reunión a la que estaban convocadas cinco personas, que nada tienen que ver entre sí, no vienen todos, ni siquiera dos o uno, sino ninguno, lo improbable, entonces, es posible; tiene miedo. Sí. La vida inconcebiblemente acotada puede aún sentir temor. “Tengo un pelo, además...” se lamenta, apesadumbrado, por el gusto amargo que la fugacidad del amor incorpóreo le dejó, porque aún habiendo dejado que el hielo de una de esas vidas ajenas se le incrustara a la suya, Apesadumbrado estaba solo. La impaciencia del tiempo había permitido este sentimiento atroz para un insignificante tipo, de hombros caídos. Miedo. Pero la vida suicidaria es más perspicaz: miedo. Sin embargo, cuento esto sólo para alertarlos. No siempre la ingenuidad es perpetua, aunque haya indicios de que la regla, como sucedió hoy, se rompa.
Hoy. Ahora los vidrios filosos de la duda. Eso es terrible. No estaba previsto.
Sin embargo, sólo escribo esto para prevenirlos. Apesadumbrado tuvo un sueño. Él está ahora relajado, con su mejor elección: una lata y el control. De sí. De su vida moviente insuicidable.
- Quisiera morir, pero no es hoy el día ¿mañana? Quizás...
Sus líquidos son espasmódicos, gotas exhaustas de temor. Sus ojos... mirada extraña. La vida, allí, distante (cercana y mortal. Fatalmente mortal y despiadada. Inevitable).
17 de octubre de 2006
Asunto: Por haberme escapado, les hablo dos veces
Mensaje: A todos los que me acompañan en este sentimiento, porque sé (sabemos) que la vida atroz de la pesadumbre del que siempre duerme puede ser mortal si no se la exorciza, pues, aquí, por dos, por mí y por vos.
A
7-
Insistir sería doblegar el alma ¿cómo podría yo inducir a todos a que asesinen esa vida moviente, si la que tengo para ofrecerles, la de un Todos, es, casi siempre, apesadumbrada? Esa es la contradicción ominosa que se presenta ineludible y que no deja, además, de generar incertidumbre. De más está decir que a Apesadumbrado hace ya treinta años que no se le para. Al principio se la bajaban, a gritos, a palos, a fuerza de miedo. Luego se le hundió en el infortunio pesar de la oscuridad. Hoy, no recuerda que la tiene colgando inútilmente.
La impotencia no es algo que ocupe minutos en la vida moviente de este tipo. Ahora, nunca. Más allá, la nada. Acá, la negación de ser. Y la vida que se corta a unos metros para dar lugar a un vacío que lo separa de la próxima vida que se mueve en la vereda de enfrente. Sigue provocándole náuseas. No se permite tolerar lo que no le produce más que lo que debe producirle. Es así, su vida se mueve con él, a su alrededor. Si supiera que es cuestión de sólo dar un paso al costado para salir del mutismo todo sería distinto. Pero es más fácil seguir allí. Adentro. Único modo posible para estar sin padecer el filo despótico y suicida del conocimiento de que lo hecho hasta ahora fue un capricho de otros. Al menos, hace dos días hubo, aunque sea en sueños, una duda, temor. La sospecha de que algo raro pasa. Ahora. Silencio.
- A ver ¿qué voy a elegir esta vez...?. En Apesadumbrado no constituye “duda”, es acaso apariencia de ser un hombre libre.
Pero, lo otro fue diferente. Lo distingue la angustia de un posible suceso ignoto. El abismo de la improvisación ante lo incierto.
Si hace dos días atrás, la paciencia de ver reiterada ininterrumpidamente su vida moviente, la Vida, entonces, hoy ya no resulta segura. Menos apacible.
Moviente, así, de este modo, se mueve con Apesadumbrado. La Vida, en cambio, es inesperada, porque, sabemos, se mueve más allá de él.
Si le gritan “puto”, él sabe cómo actuar, no tiene demasiadas opciones, pero son suficientes para seleccionar. Si le dijeran “¡qué bello su labio inferior!
Quisiera mirarlo hasta que se dibuje en mi retina para recordarlo por siempre y remitirme a él cada vez que me acose el llanto de algún pesar”, Apesadumbrado se volvería loco.
18 de octubre de 2006
Asunto: Así se van las vidas movientes del mucho
Mensaje: Yo, como siempre apesadumbrado, me siento un muñeco de trapo, relleno con paja seca. Pero, conservo la esperanza de que otra volverá.
A
8-
Rompe el silencio de espejo irrepetible. Esta vez para confiscar su sueño.
En los confines de lo posible pesa el mal y no hubiera querido un suspiro tuyo, sino un expiro.
Hay motivos para pensar que todo es una fabulosa conspiración, una revancha que se toma la vida que rodea la vida. Pero si le vemos los ojos... justo ahí: ahorcada la mente y la imaginación que puede construir lo bello y el horror con exquisita pasión y magnificencia. Ojos secos. Opacos.
¿Tiene alma apesadumbrado? Hoy parecía que se le partía una vez más. La del Mono hace tiempo que no viene, ya casi no quedan colillas suyas y el hedor se va desvaneciendo de a poco. De a poco. De a poco. De a poco. Se va quedando sin nada, nada había. Ahora no hay.
Hay un nervio, que le mueve cuatro dendritas a la vez, que le permite darse cuenta que en la vereda de enfrente ya no está la gorda. Hay una angustia inexplicable. De golpe se arrepiente de haber mirado cómo apresaban a los trabas, vendedores ambulantes y demás energúmenos, vagos. “¡Negros de mierda!” gritó mientras la federal se llevaba unos treinta tipos de la puerta de la legislatura. Ahora... ya no está. Ese corpiño que revoleaba no era peor que los acartonados calzones de la otra puta, la legal, la que no cobra ni barato, pero no le entra en la boca. Pero es sólo una sensación.
Nunca supo su nombre. Siempre reía. No pregunte usted por qué. Su vida era desgraciada.
Hay vestiditos de muñecas colgados en una terraza y unas bombachas de nena, llena de dibujitos naif. Eso le calma el nombre, la nominación de ser un perpetuo apesadumbrado.
29 de octubre de 2006
Asunto: otro día inesperado asalta la apatía
Mensaje: La vida moviente no es fácil de llevar. ¡Imagínense! llevar cargada toda una vida entera... pobres. De todos modos la pesadumbrez siempre vuelve.
P
V
Ya vuelve otra mañana. Apesadumbrado no tiene rituales previos a la oficina. El nudo de la corbata se lo hacen ni bien llega. Mamá lo hacía muy bien. Chacarita es muy trasmano.
Pero al fin llegó una mañana de domingo. No fue igual a todas, a todas las del domingo, se entiende. No. No importa. Se saca las lagañas de toda la semana que parecen perpetuas porque recogen la abrumadora existencia de la vida “hábil” (particularmente pienso que más hábiles son los domingos, pero no quiero meterme). Apesadumbrado, en definitiva, está mal. Y no es porque se acerca fin de mes y no llega a cambiar su celular por el último modelo. Ya decía: atrás...
Hay algo del plano de lo inconsciente que le despeja el horizonte. En contra del sentido común, claro. Le quedó una duda. Méndez, después de todo, no es tan astuto como se muestra. Antes no lo sabía. Ahora la duda se presenta como una soga que lo asfixia. Le quita el aire demoníaco de los hábiles para posarse justo allí, frente a él, y cantarle las cuarenta. Tampoco se entusiasmen, les advertí que no era fácil. Esta vez, eso sí, no es un sueño.
Quisiera creer o hacerles creer que está por dar al fin el gran paso al costado, pero, no es mala leche, el tipo necesita una sobredosis para hacerlo.
Duda no es el signo falso de una libertad medida. Ya vimos, es el abismo incongruente.
Duda no es un poste frente al auto en un momento inoportuno, es el poste que hay que bordear sin chocar, meditando, tomando distancia, evaluando cada milímetro. Pero Apesadumbrado anda siempre pensando en boludeces y no tiene automóvil.
Aún, cuando uno se lo lleva por delante, tan sólo el golpe hace mella y quiebra el paso. Llamémosle titubeo, sí, es más acertado. Por más intransigente que sea con él este titubeo no alcanza para traspolar su vida moviente y ponerlo en el lugar del que no debió jamás haber salido. Como no fue él, sino muchos y desde hace mucho tiempo, no vamos esta vez a ser tan taxativos. Chacarita, además, es muy trasmano y no tiene automóvil. La soga, en resumen, es una ilusión. Por ahora. La luz sigue siendo la misma que la de los otros, pero su vida se acaba a unos pasos de él.
30 de octubre de 2006 (enviado el 31)
Asunto: y al fin un día llegó
Mensaje: No quise hacerlo, pero no tenía otra salida...
A
31 de octubre de 2006
Asunto: Todo lo que ud. siempre quiso saber sobre la vida de mierda
Mensaje: Para todos aquellos que la mezquindad del azar les robó un instante de la vida de mierda de un apesadumbrado... Los diez capítulos juntos, con fecha de envío, asunto y todo.
A
10-
Un día más en esta vida de mierda. Fútil. Más allá espera la Vida y más acá no hay.
El sudor y las sábanas lo abrasan y se despierta agitado. No era una duda, según se estableció, sino un titubeo que no lo exime de la perplejidad, pero lo exonera por un instante. Ya no hay yegua del Mono, ya no está la puta de enfrente. Siguen, sin embargo, las bombachitas naif que tanto tranquilizan el estado de idiotez. Acá. Inmóvil su vida moviente mirando por la ventana, con el pecho aún agitado por la pelea con el sudor y las sábanas.
Y pensar que éramos tantos. Muchas viditas. Inexplicable desmembración. Injustificable pasividad.
Apesadumbrado va juntando de a pedazos sus sobras inermes de fin de semana para volver sin haber sido completamente exorcizado.
Un día la nena va a crecer y en la terraza los flujos sexuales que reemplazan la “ingenuidad” del diseño infantil le dejarán un sabor amargo de su propio pasado siempre idéntico.
Los fines de semana se irán alargando hasta que todos los días sean domingo y ya no quede nada para exorcizar y se consuma ya no en lo idéntico sino en lo exánime.
¿Será esperanza la sospecha? ¡Cándido! El optimista y ¿el loco? y ¿el sano? y ¿el idiota?
Siempre reza. Por las noches. Como si le debiera algo a alguien sin ajustar las deudas consigo mismo. Pero más allá espera. Suspicaz. La vida aunque acá no hay.
Se cansó de ser domingo y se levantó temprano para verse reflejado. Un instante lo detiene frente al poro más ancho: encontró a su vieja.
4 de noviembre de 2006
Asunto: Una posibilidad, tal vez
Mensaje: Siempre algo de lo ignoto del otro puede dejarse ver apacible.
No lo ignoro, pero me está comenzando a doler.
A
Undécima parte, capítulos finales. Apesadumbrado está por ser suicidado.
11-
“¡Santos cielos!” lo despierta. Lo malo del cable es que no corta la transmisión y puede lastimar el sueño.
Algo cambió. Hoy. No es igual ya. Comienza a perder el control. Los límites de su diminuta vida se le escapan. Se confunden.
- Mis uñas están largas. Méndez me va a mandar a la mierda.
Hay algo amargo, inexplicable. Apesadumbrado está solo, pero ahora lo advierte.
La pantalla despótica del televisor sigue siendo un reflejo intransigente, pero los acentos del tipo cobran cierta autonomía. Meticuloso, como siempre. El poro se abre cada mañana. La retina percibe los tallos resecos y piensa en las de plástico. Pero, ya no es igual. Mejor nada.
Los microscópicos monstruos que se reproducen allí, además, pueden causar un estropicio.
El día está claro. La brisa golpea un poquito las ramas y éstas, como si necesitaran ese golpe como alivio, se encogen en pose sumisa. También la escena puede causar dolor. Hay demasiadas cosas perdidas. Y el hedor que se evadió. El sudor apresado.
El espacio vacío que había entre un límite y otro, a su vez, comenzaba a cobrar sentido. Ahí, algo había. Nada que él conociese. O, ahora, algo que no conocía.
¿Qué podría pasar si el límite se rompiera y se rompiese a la vez otro?
No. Aún no.
Nunca jamás había llegado tarde a la oficina. La sádica brisa lo atormentaba ahora más que nunca. Nunca lo había visto. Pero, como si lo conociese desde el comienzo, sin embargo, la brisa lo estaba volviendo loco. Pero, Chacarita... usted sabe.
8 de noviembre de 2006
Asunto: Un trozo más, de esta vida...
Mensaje: Ya no quiero ver el final ominoso de la vida concéntrica, mejor... ¡Ah!, pero Chacarita...
En fin, los dejo una vez más, con su vida apesadumbrada
A
12-
La computadora personal que hay en la empresa ¡otra vez! no funciona. Siempre lo mismo.
¡¿Cómo puede ser que habiendo tantos japoneses les permitan fabricar estas cosas tan complicadas a un chino miserable y necio?! ¡Qué negligencia!
Cacho “Perón” Berletta, se acercó, innecesariamente cerca, a él. Puso incómodo a Apesadumbrado, podía sentir su aliento a mate amargo sin el reparo de alimento sólido. Así eran las mañanas del Perón. Un tipo que no conocía el perfil bajo, no era su estilo. Así se ganó enemigos acérrimos y chupamedias incondicionales. El tipo, siempre de hombros caídos, lo mira con cierto desconcierto. Algo no funciona. El Perón le caía simpático, pero eran demasiado distintos. Algo raro. Como si se moviera en ese espacio entre la vida de uno y otro compañero sin temer a fundirse en ellos. Indefectiblemente, su vida no era tan acotada a márgenes dispuestos en forma arbitraria alrededor de todos. Era capaz de constituir uno con los otros a la vez. Esto permitía lecturas en las que lo ponían en un sitio procaz y hasta de promiscuidad. ¿Por qué tan cerca?.
13-
¿Cuándo se detuvo la vida?. No se detuvo, sino que estaba ya parada frente a él cuando la vio.
Considerar que nada vale la pena es ver la vida detenida.
Al parecer no todo lo onírico muere en ese mundo. ¡Vamos!, pero si lo sabemos. Es que Apesadumbrado hoy fue asaltado por una nueva duda. Les advertí. La nada era algo. La duda alimenta en él una posibilidad más por fuera de la inmutable y aparentemente eterna.
Es un triste, pero no el de la parodia. Y hoy, peor, está desesperado.
21 de noviembre de 2006
Asunto: después de tanto, sí, pero valió la pena
Mensaje: No llore mi amigo por no ser usted a quien me refiero, aunque se parezca al relato de su propia vida.
A
14-
El espantoso encanto de la mentira lo tiene apasionado a tal punto que no sabe.
Quiso ir en contra de su voluntad ruinosa y se le pegó el tic de los días festivos. Volvió a intentarlo. Gerónimo accede esta vez; sabe ¡bien que lo sabe! que no le puede fallar. Apesadumbrado está embalsamado por las verdades que circulan, verdades inocuas pero que a éste tipo, de hombros ya demasiado caídos, le resultan despiadadas.
Uno puede disimular un rato, varios días, algunos años, pero si le dura toda la vida es porque no actúa, es.
Siguen las migas sedientas, porque el tipo no deja ni rastros en su vaso de sabor metálico (¿los dientes?, ¿los arreglos de hospital?, ¿...?).
- El problema es que no me afeité lo suficientemente bien- intenta responderse a sí mismo.
Tal vez, usted ya habrá notado, la inapetencia sexual esté causando algún desorden porque no sublima en acto, sino en potencia: “Algún día lograré parecerme a Méndez y lo mando a él mismo a la rechonchadesumadre”.
¿Y a dónde habrán ido a parar las dudas o, mejor, los titubeos que hacían posible un descuido? Pues, no pregunte. Yo sólo advertí, no prometí nada. El Perón lo saca de quicio, ya no lo tolera más. Le caía bien hasta que vio peligrar su estancia, sus límites erróneos. Desde ya, Perón es un entusiasta y quiere romper no sólo su despótica circunferencia; el Perón quiere arrebatársela, hacerla añicos para recomponerla según su propia idea de lo “conmensurable”.
Y si fuera más allá, quién sabe, sería la del Mono otra vez, pero sólo un hasta aquí.
- ¡Maldita sea la hora en que compré este reloj coreano!- y sacude y sacude la mano. Quien le hacía el nudo faltó. Era un nudo especial, fantástico, a la altura del nivel que apesadumbrado quería alcanzar. A Méndez le resultaba más que ridículo, pero a nadie podría deprimir de tal modo por ese precio.
23 de noviembre de 2006
Asunto: Bueno, ya es hora...
Mensaje: ...Creo que Apesadumbrado no será jamás sucidado. Quisiera matarlo, aunque sea, pero estoy sola.
NdeT
15-
Existe un agujero que asfixia. Cuando no queda ya nada en qué pensar ni por hacer, la mente que persiste al sueño y se empecina comienza a trastrocar los sentidos cándidos de Apesadumbrado. Se obstina. El tipo no está durmiendo bien. Lo acosa una imagen que no se sabe de dónde salió. Al menos, podría averiguar por un buen terapeuta, pero si en el trabajo se enteraran lo gastarían hasta la muerte. De la empresa, del perón, del mismo apesadumbrado o la pesadumbrez. Pero, al tipo ni siquiera se le cruza por la cabeza semejante cosa. Los de su generación están muy acostumbrados a creer que al psicólogo van los locos.
Al atardecer le viene una pista de su ideario y se pone a fabricar planillas de cálculo para la empresa en las que pueda volcar con mayor eficacia los números de esto y aquello.
Los hombres ocupados no tienen demasiados agujeros en sus vidas movientes, los huecos dolientes de la Vida se les escurre por los subterfugios del mundo que les queda ajeno por debajo. Sí, justo allí, donde se trama la venganza contra la indiferencia.
- ¡Qué chico me queda este estudio!. Es a la vez eso y comedor, dormitorio y placard de todas las cosas que traigo hasta hoy.
Apesadumbrado soñó alguna vez con una casa de cuatro ambientes, bien modesta, pero cómoda para el plan que tenía junto a éste de formar una preciosa familia con una mujer (pacata, entre nosotros) y dos bellos niños. La parejita. Pero el tiempo fue feroz.
- Mañana ¡gracias a Dios! es lunes otra vez.
¿Cuándo no fue lunes en la vida de mierda de este tipo? Acostumbro a tener piedad si me da al menos una sugerencia de que es capaz de pensar en otra cosa.
Y vino nomás. Llega, le hacen el nudo y pone el disquet: “¡Se cuelga! ¡Otra vez se colgó esta bazofia...!”.
Todo el esfuerzo por se uno más entre tantos tirados por la borda por esta manga de chinos ineptos.
Su vida comienza a apretarlo, cada vez se refugia más en sí. Así es la vida apesadumbrada. La otra, también. Pero hay más opciones.
4 de diciembre de 2006
Asunto: por todo este tiempo que no pude conctarme por cambios de armamentación, acá van como bombas dos capitulitos
Mensaje: Avanti popolo
16-
La Vida tortuosa a pesar de Apesadumbrado calma cuando no se presenta asequible. Sólo basta con ver a una joven sentada en el umbral con una sonrisa. En general, los umbrales son para exorcizar el alma. La vista lo traviesa todo. No está perdida la mirada, sino todo aquello que no fue alcanzado.
“¡¿Otra vez la yegua del Mono...?! qué más da. Soy un tipo con apuro, tengo mucho laburo y vivir solo es todo un tema” dice Apesadumbrado para calmar la ansiedad y la soledad, aunque no esté sola. Ella ¡¿quién más si no?! está rodeada, está llena.
“Me da otra, por favor” le dice esta vez a un tal Carlos González que atiende en un barsucho a dos cuadras de lo de Gerónimo. Ahí sí que las migas se hacen el gran festín. No hay un solo estigma en las mesas de madera que no delaten los años allí depositadas por la farsa de “pasar el trapo” para limpiar la mesa (les pido disculpas, pero me da tanta risa).
“¡Ma’ qué sé yo…!”; siempre le gustó el invierno, lo protege de la diversidad. “No sabía que tenía marido”. Al menos averiguó lo del crédito para comprar la casa. Queda cerca de Chacarita. Por las dudas.
17-
Lo vi allí como azorado. Miles de obstáculos habían interceptado el tránsito de todo tipo de objetos (con sujetos incluidos). Los engranajes articuladores lograban moverle un brazo para levantarlo y acompañar así, una vez más, al grito: “¡Negros de mierda!, por qué no van a laburar”, pero la gruesa manguera que daba ininterrumpiblemente sobre el bombo lo acallaban y acallaban los bocinazos. Y acallaban las vidas movientes.
Apesadumbrado no puede definir qué es eso que se mueve, aislado de él, pero todo junto. Convengamos en que no era música tradicional, pero había “ritmo”. Ritmo entre los cuerpos. Eso era lo complicado. Al tipo, después de bronca, le viene la perplejidad.
“¡Qué traumados estos tipos! Eh”. Esto dejaba conforme lo perplejo y justificaba su desinterés.
En los confines del entendimiento están el vacío que ejerce poder sobre lo “controlable” y el que ejerce poder sobre la elección por la apatía hacia el otro, la que conduce, de modo consciente, a la vida moviente. Los tipos como perón estaban aún en tránsito. Apesadumbrado entendía.
Adelante. En el mismo lugar. Siempre.
Esperó unos quince minutos que en la impaciencia era toda una vida y optó por el subte.
“¡¡¿¿Paro??!!”, grita completamente exasperado. No. Ya no puede más. Es, definitivamente, un complot. No registra que el verdadero se teje bajo sus pies, tras sus pasos o por encima de su mirada, tras sus ojos. Y bufando comienza a caminar.
Un día cualquiera (se sabe, todos son lunes), prende, por primera vez en poco más de dos días, el televisor. Esta vez presta atención, por primera vez en su vida, porque hay mucha sangre.
Acaban de balear a tres negros: “¡Buen tiro!”, piensa para sí. Sin culpa: “Yo, por mí, los rosearía con nasta y los prendería fuego a todos”. Pero su madre (QEPD) lo convenció de que la carrera de contador público le iba a dar grandes réditos y satisfacciones. Si bien no cumplió sus sueños, lo ayuda a mantener el alquiler del departamento tener sólo doce materias aprobadas.
- ¿Por qué por momentos me encuentro objetando mi actitud frente a otros, actitud que algunos tildan de egoísmo y otros, más agudos, de individualista?
Ese insignificante sujeto, que intercepta nuestros pasos, al fin y al cabo, el propio infeliz, inhábil en la Vida, tiene su vida bajo control. No de sí, se sabe.
“Es mucho más sabio quedarse solo”, piensa. El vértigo que produce un posible fraude, cualquier gesto de rechazo es una posible provocación, una amenaza.
- Mejor quedarse solo… mejor… quedarse solo… sí.
15 de diciembre de 2006
Asunto: Pensaban que lo había hecho…
Mensaje: Aún no. No tengo huevos. Pienso que quizás alguna respuesta encuentre su pregunta. Eso espero.
A
18-
Debe ser intolerable que la vida esta de mierda se de tan desafortunada e impiadosa, sin tregua. Pero, me pregunto: la Vida ¿no es peor?, ¿no es, acaso, más impiadosa aún? Aunque naturalizada, no es menos angustiante y perniciosa. Siempre existe latente una amenaza, un grano en el ojete, una “piedra en el camino” como dicen las viejas (que iban a la iglesia para coquetear con el chico de la cuadra y que ¡no vayan a intentar tocarles el culo!).
Un triste, un loco diría Borges, pero este lo es en verdad.
Cuando Morinico decía que “la fiesta se acabó”, la fiesta se acabó. Sin embargo, Apesadumbrado corre tras los preciosos pechos de Graciela, una gordita muy parecida a la puta que lo hacía sudar de rabia e impotencia. Graciela, tal vez, no logre ponerlo en evidencia, ella jamás experimentó un orgasmo aún con un haber de unos setenta y cuatro metros de pija.
Ella es una cincuentona que se mantiene como al escabeche. Unos ojos de miel brillan bajo el flequillo abultado, a lo Patricia Saram. Sería una bella mujer si no pareciera un austrolopitecus con sus ademanes al hablar. No, no es histriónica, es realmente simiesca.
Morinico, con su vida más pequeña pero mucho más pulida, los pesca justo en el momento en que deja el libro de IVA para seducir al simio con sus relatos de fútbol contados con meticulosidad y entusiasmo. Lo excita mucho más que sus enormes tetas, por eso jamás llega a concretar nada.
Está jugado, de todas maneras a metros de él se detiene todo. Más allá… no hay. Y así, Morinico, un ser execrable, le hace sentir su autoridad. Majestuoso índice. Pero no sabe ponerle la pasión que le brota de un modo magistral a Méndez.
Así fue. Así terminó. Seguir con el libro era fatal. Con Graciela de un momento a otro sería aburridísimo. Y eso no está en los planes de nadie, más allá de su vida o de la Vida
17 de abril de 2007
Asunto: porque usted lo pidió, porque se merece lo que le pasa
Mensaje: Muchos capítulos de mi vida de mierda que se vuelen reveladores...
JM
19-
Muy resuelta, tomó el vuelto y el boleto y se lo puso en la mano. Él venía sintiendo no sólo cómo se le pegaba su propia vida a la nariz, sino la falta de escrúpulos que a muchos les atañe al pasar cerquita de la ducha. La promiscuidad de las horas pico era peor que la de las películas que solía ver, en esas noches de insomnio, desdibujadas y ambiguas de los canales codificados.
Así como para “puto” tenía dos o tres respuestas infalibles, para el golpeteo en los glúteos, ya sea causado por algún extremo de vida o sus efectos personales, tenía, también, unos dos o tres movimientos para salir airoso sin que nadie lo notara.
Resuelta, otra vez, no había dejado de sacarle los ojos de encima. Sus pupilas penetraron en la mirada que el tipo buscaba que se le perdiera entre las carnes. Pretendía que la multitud triunfara sobre el deseo. Sin proponérselo, una fisura se abrió y algo de ese otro mundo desconocido hizo mella. Esta vez, si los poros hubiesen estado atentos, bien abiertos, la infección hubiera llegado a una erección, pero Apesadumbrado tolera. Las vidas movientes son dóciles. Sin embargo, algo extraño acosó a Apesadumbrado. Algo difícil de definir, pero que muy seguro estaba de no haberlo sentido jamás. Sentía que el vello se le erizaba, frío. Raro. Muy raro. El pantalón, ya no tan flojo, de gabardina, esos que brillan cuando los ariscos a la plancha intentan hacer algo decente con ellos, le apretaba las caderas. Podía sentir cómo la trama de esa prenda atravesaba las células y se entrelazaban en una sola piel, en una libido trunca que podía hasta emular cierta excitación.
A penas entró a la empresa, antes de que le hicieran el nudo, corrió al baño y, al bajar el cierre, brotó un manantial desesperado. ¿No lo esperaban, verdad? Pero, apesadumbradas son las horas. La Vida, siempre es más suspicaz.
Un inexplicable sudor corría por su frente: “¿Cómo se llamará? ¿será soltera? ¿tendrá hijos? ¿sabrá cocinar? ¿vivirá cerca de acá?”. Ensoñaciones, al acostarse a las 21:30 en punto. Ensoñaciones al despertar a las 6:45.
Las dos gracias de Graciela habían quedado en un quinto plano, después de los ensayos para ser un Méndez como la gente.
A las 6:45, Apesadumbrado pone en un microondas de la era menemista, su última adquisición de valor, una taza de café. 6:47: un minuto para tomar la taza de la heladera, otro para que el café tome la temperatura justa.
Era resuelta, sí, y despiadada. Se había apoderado de su penar solitario y autónomo.
21-
Ahí llega. Cansado. El tipo triste de hombros caídos no sabe esperar. Y es que su vida es espera. Y es que, quizás, si no rompe a unos pasos delante de él ese suspiro inútil, morirá en espera de ser un hombre, un individuo.
-La tiro… ¡puta! Toda la heladera se puso verde. ¿A qué mierda sabrán estas cervezas?.
Mira alrededor y no hay tacho. Apesadumbrado, tal como su madre le enseñó, no tiraba nada. Todo tenía, según las leyes del Señor, la posibilidad y particular forma de convertirse en otra cosa.
19:35: la naranja enmohecida tuvo al fin un lugar en donde morir o sobrevivir al menos hasta llegar a la quema. No tuvo maduración precoz. Ésta, era una de las tres que le regaló una vecina de las que tenía en su jardín. Por eso lo pensó tanto tiempo. A Apesadumbrado las cosas simples le resultaban muy complicadas.
22-
Nos hizo creer todo este tiempo que es más difícil comprender al otro, que allí estaban y residían todos los problemas del mundo pequeño que lo rodeaba (el cual, de más está decir, le era suficiente).
Pero ahora vemos que, como el “Perón”, los había con vida más laxa y que a su vez podía penetrar otra u otras vidas al mismo tiempo. La suerte siempre jugó en contra y como las lágrimas caían a veces sin saber por qué, Apesadumbrado también reía con la misma contingencia.
Otro cigarro, otro control descontrolado. Apesadumbrado abre la heladera con el sabor amargo que le producía la “falta” y saca la última cerveza. Cada vez más solo. Más allá… usted sabe (y no vaya a pensar otra vez que se trata de Chacarita… ¡por favor!).
La decepción era inmensa como su manía de ver oscuras las calles, de ver impenetrables las islas movientes, de saberse inhábil, de contar las monedas. Pero la paz verde anaranjada que recibió su presente lo tranquiliza. ¡Qué pobres sus anhelos!
Apesadumbrado descubrió hoy que todo fue mentira. Pero no para salvarlo, porque el descubrimiento fue a su vez falaz. “Descubrió” que la conspiración del mundo que se trama bajo sus pies, estaba aflorando a cada paso, se le presentaba feroz a cada instante y se encarnaba tras cada una de esas vidas fútiles que, lejos de impermeabilizar su propia vida (muy propia), se le interponían como “roca en el camino”. Así lo expresaba él. A lo pseudo cristiano, porque, a pesar de que su madre lo hacía casi sin interrupción, Apesadumbrado nunca fue a la iglesia más que cuando le hicieron la misa por los diez años a su bien amada madre. Ni siquiera un casamiento, si usted sospecha, porque no hay familia. Hijo único, como podrá imaginar, sin tíos ni nada.
Pero, la conspiración que él mismo armaba no supo ser reconocida, por lo tanto, Apesadumbrado iba por la vida lastimando. Como todo sujeto hiriente, las viditas que a su alrededor se movían lo ultrajaban permanentemente. Y así, la conspiración de mundo contra el mundo, iba tramando la anulación total, que provenían de más acá. Porque más allá no hay.
24-
Resulta ominoso darse cuenta, creerse un día el Hombre que va en busca del Hombre y no ser más que una tira de rencor, una hilacha de odio. Por eso Apesadumbrado no lo intenta. Los espejos de su casa (dos: uno en el baño que le vino con la casa y otro, muy chiquito, sobre una mesita de teléfono al lado de una lámpara que no funciona) son inválidos al momento de hablar. Le cuentan que está bien afeitado, que la camisa no presenta arrugas importantes, que su exceso de peso no es para tanto, que sus ojos brillan lo suficiente, que el cabello ralo aún le cubre tímidamente el cuero cabelludo. Pero no le dicen la verdad, lo engañan. Pervertido por la mentira, Apesadumbrado va por los caminos, sin imaginar la Vida que transita, creyendo que es un buen tipo.
Hoy miró el cielo y ya no estaba. Hoy sorteó la excusa que lo mantiene vivo con una licencia médica. Los dibujitos de nena se desvanecen, sin embargo.
¿Cuándo sucedió? ¿cuándo mintió por primera vez? La cama se le torna al fin insoportable. Sin cielo, sin la del Mono, con los dibujitos borroneados. ¿Qué sueño se le perdió en el camino?.
Un hilo delgado lo separa de la Vida, pero no lo sabe, por eso se le van…
Se van las horas, se van los nombres, se van los poros llenando... llenando…
¿Hay realmente tanto que esconder? Se lo ve tan tranquilo a veces.
25-
Siguen las preguntas haciendo mella. “La camisa es estrecha”, piensa y se toma las medidas.
-¡Cuatro kilos más! Y pensar que le echaba la culpa…
Ya no cabe nada en la heladera. Llena de nada. Ya no cabe tanto dolor en su mesa.
Me vuelvo ahora contra mí, me miro fijo a los ojos y, les aseguro, que tampoco sé yo muy bien por qué.
Unas horas antes de que el reloj suene, Apesadumbrado abre los ojos. No lo despertó sobresaltado una pesadilla, pero su vidita, que se le parece mucho, le andaba revolviendo la cabeza.
26-
En todo caso, qué es un hombre sino la construcción de otro, construido por él y el contexto que lo rodea, ya sea para formar parte de ello o para contraponerse. Pero este minúsculo personaje es una muestra inacabada. Nada hizo él de él, pero tampoco fue hecho por nadie. El azar atraviesa inquieto su accionar. Sin embargo no puede escapar a la realidad. Más acá. Una dudosa armonía, un prólogo eternote la nada. Muy en sintonía, acaso, con la vida moviente de cualquiera. Es que el azar es también producto de circunstancias.
¿Existe algo genuino? Me pregunto si usted puede alcanzar a comprenderlo. Solemos ser muy soberbios en el sentido más vulgar del término.
La vida siempre en espera –y ahora hago referencia a Pessoa- de algo que no tiene sentido. Él no lo sabe. Tampoco espera. Tampoco, quizás, haya un no sentido y ése es el sentido de nuestro Apesadumbrado.
¿Se preguntó, seriamente, por qué su nombre es adjetivo? Es muy probable que no. Y yo me pregunto ¿por qué darle un nombre a un objeto del azar circunstancial en su pasaje por la Vida?.
Pues, si bien su vida lo circunda, no está por fuera. Es parte de ella. Y a ella le debe su fútil existencia.
Me asusta su penar ignoto. La mujer del colectivo ya no está. Y la vida que se le acaba ahí, no más. No más. ¿Qué suspiros habrá perdido? ¿Qué sueños perdidos en su cama habrán trascendido a su memoria cotidiana? ¿Qué perdón habrá recibido?.
27-
Una mañana, cualquiera, no miró las hojas, no escuchó el arrullo de las aves, no vio los colectivos. Andaba solo. Caminando despacito. Una mujer le preguntó la hora y no la oyó. Siguió, siguió y la mujer detrás que lo mandaba a la mierda.
De pronto, cortando su paso, dividiendo la vida, se le apareció un hombre de estatura mediana. Justo parado frente a él, con una mirada inquisidora lo interpeló. Era bastante parecido a él. Se quedó parado unos minutos. Apesadumbrado no reaccionaba. Como esperando que el otro se corra, pero perdido en pensamientos, no se dio cuenta que el tiempo corría.
Y el hombrecito le preguntó: “¿Usted es J M B?”. Apesadumbrado pegó un salto en el lugar:
- ¡Eh! –le respondió.
- ¿Usted no es J M B? –insistió apesadumbrado el hombre.
Jamás nadie lo había nombrado. Jamás había sido objeto de una conversación privada. Nunca nadie había pronunciado su nombre. Apesadumbrado nunca fue.
- ¿Quién es usted? –le pregunta Apesadumbrado trémulo.
- Yo soy Alberto Salvador. ¿Usted no estuvo viviendo en Santiago del Estero de joven?
- Sí… sí, claro. Pero…
- ¿Usted no estudió en la 511? Yo fui profesor suyo en la escuela primaria. Está igual, como si el tiempo no hubiera pasado…
Y es que, efectivamente, el tiempo no pasó. Su nombre había quedado quieto, había permanecido dormido en un recuerdo sospechoso e inmóvil. Tal vez nadie lo recordó jamás. Lo curioso es que este tipo que frente a él lo interpelaba distendido, como si nada supiera (y es que nada sabía), lo trajo al fin con su nombre.
Alberto Salvador había sido un hombre no del todo vulgar. Cuerpo estrecho, rostro enjuto, mirada perpetua. Siempre con su traje bien planchado –por él mismo. Y eso se veía expresado en los dejos brillosos de la gabardina-. Jamás nadie lo vio con alguna mujer. Quizás sus modales excesivamente escrupulosos inquietaban la atención de las señoritas. Soltero empeñado a no abandonar su condición, se dedicó con esmero a la docencia. Entregó su vida a ello. No a sus alumnos, sino al trabajo, porque dignifica, se decía.
28-
-Una caries. –Apesadumbrado hablaba con propiedad. No pregunte de quién.
Se “empilchó” (así decía cuando andaba decidido y contento) y salió hacia el Instituto Odontológico que la obra social le cubría.
Tras diez precisos minutos salió con un nuevo parche. No era casual que su boca desdeñosa de prolijidad hablara de su condición social. Usted sabe. ¿Sabe? En fin. Apes… bueno, ahora, J M caminó hasta el barcito que estaba a dos cuadras y media del Instituto y pidió un café.
Su mente se remitía a cada instante, luego del encuentro inesperado, a su infancia. Su madre había sido una gran mujer. Cabellos largos, siempre brillosos, recogidos con una trenza bien armada que noche a noche reponía con esmero. J M era un niño caprichoso. Hijo único. Hermano de dos abortos clandestinos bien guardados en la familia, rompió cascarón en primavera. Fue una decisión del médico que atendía a la mujer que lo parió: “Uno más y pierde el útero”. Y, refugiado de los bochornosos comentarios, se crió entre madres de la capilla del pueblo. Sus abuelos tenían un buen pasar. Que pasaba y pasaba. El médico era un buen amigo del capellán, y como las relaciones entre los parientes de J M y los sacerdotes que se sucedían cada diez años, más o menos, eran bastante estrechas y no menos holgadas que la suma que éstos aportaban a la Iglesia, la salud de la madre de José estaba a buen resguardo.
Nada sabía de esto J M que jugaba en el patio de la capilla. Tampoco sabía nada acerca de quién pudo haber sido el padre, un hombre de negocios, le contaron, que partió una vez de casa y ya nunca nadie volvió a saber de él.
Otro día
29-
Sinceramente, ustedes sabrán disculpar, al tipo seguiré “nombrándolo” como es debido, según su condición actual de perduración en este estado inhibido. Porque más allá… la nada. Más acá, la desidia de los días que al pasar pesan y no imprimen ninguna particularidad.
Apesadumbrado, solo, llega cansado a casa después de una jornada laboral intensa. Méndez lo re puteó de arriba abajo porque los números no le cierran (sí, a nadie le cierran los números).
Abre la heladera y ya no quedaban cervezas. Fin de mes. Una cagada.
La opción más feliz fue tomar el control. Y perdido entre imágenes se remitió nuevamente a esa imagen que veía a través de su ventana: las bombachitas. ¿Por qué las bombachitas causaban tanta melancolía? Apesadumbrado no tuvo hermanas… ¿Mamá? No. Él sólo conocía las fajas y los enormes bombachones de vieja. ¿Por qué bombachitas de nena con dibujitos? ¿Por qué?
La infancia en la capilla del pueblecito se desarrollaba sin aparente trascendencias. Una vez lloró. Ya no recuerda, pero lloró intensamente. Todos los niños lloran, pero aquella vez fue diferente. Un motivo hoy incierto lo aquejó de tal manera que la ropita interior de nena lo traspolaban a otro mundo, un mundo que Apesadumbrado dejó hundido en un olvido perverso.
30-
Alguno se equivocó al nacer. Nadie abrió la boca. No dijeron nada. Y todos actuaron en consecuencia.
Si todos creyeron en un loco hacedor fue porque nadie se animó a hacerse cargo de su propia existencia. Y no los juzgo. Pero sólo me sale un “pobre…”.
Desde hace unas semanas, otra vida vino a posarse en el lugar de la gordita de la esquina y Apesadumbrado comienza a ponerse tenso. Sus venas se agitan porque los tendones acortados no le dejan espacio suficiente. Y esa vida acotada que le corta el hálito a unos metros… pobre…
Insisto en que es aún un insuicidado. Que no podría hacer o ser más de que es. Aunque Chacarita está lejos, él no puede más que temerle a la proximidad. Pero ¿ingenuo! No es más que una vida de mierda. ¿Qué podría modificarla? Nada sería el colmo (muy sofisticado). Algo es demasiado.
- Y este reloj chino de mierda...
Del Polaco a Manal había un abismo insalvable o no había nada. Todo dependía de quién lo interpretase y de la relación que tuviera con su entorno. La política que aparecía como una figura fantasmagórica cobraba sentido cuando el perón balbuceaba alguna frase conmemorativa. Pero pocos advertían su ironía. El perón estaba solo. Entre los suspiros de vida y el abismo de la Vida.
Se presuponía superior, pero, a veces, la altivez sucumbía entre murmullos cándidos que en perón mellaban de un modo atroz.
Cada uno en la oficina cumplía su rol. Nada sabían del poder que a cada uno le correspondía, pero la vida se desarrollaba sin sobresaltos, casi sin violencia. Como si la Vida no existiese. Perón, a pesar de ello, comprendía.
- ¡¿ Por qué mierda compré este puto reloj?!.
Ya lejos de cualquier vestigio de moho, la heladera seguía ocupando un lugar privilegiado en la cocina y un segundo puesto, después del televisor, en el resto de la casa.
- ¡Basta! ¡te vas a la reconcha de tu madre!- le gritó al aparato chino y lo revoleó por el aire.
Antes de ingresar a la oficina, pasó por un negocio de eso que solían ofrecer todo por dos pesos y compró, a unos trece mangos, un reloj rojo (chino) con dibujos japoneses.
No, no era Pikachu. Pero sonaba igual al anterior, sólo que a tiempo.
1 comentario:
Andrea encuentro aqui un gusto por la descripcion...y la sospecha necesaria para la vida...la interrupción...eso te he leído y me haz interrumpido. Plan perfecto. Felicitaciones.
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