No sólo lo sólido se desvanece en el aire. Estamos frente a la desmaterialización de lo simbólico; vemos cómo la identidad construida se nos muestra desnuda y con toda crudeza nos hecha en la cara su vacuidad, nuestra propia vacuidad.
Se cae la máscara y despedazándose en el piso nos deja al descubierto, solos, en medio de una atroz escena.
Ya la sociedad del espectáculo no nos divierte, cada uno de los que creía estar observando es observado, y una “nueva” realidad se nos viene encima: la realidad negada.
Más que nunca el abismo nos enfrenta, como un agujero negro que se lleva todo a un no-lugar.
Es la ambigüedad de todo final lo que enloquece, pero siempre hubo para cada final el indicio de algo nuevo que comienza. Esta vez da la sensación de que ésta es la última parte de la historia. Vemos pasar en el reparto nuestro nombre. Vemos correr las páginas con velocidad, unos intentan desesperadamente revertir algún trozo de esa historia. Otros, meterse la mayor cantidad de “algo” posible en sus bolsillos.
Devoradores de sueños fueron estos tiempos que, aplastados por el hambre religioso del mundo de los objetos, se mostraron, con mayor ferocidad en las últimas décadas, como los más ensoñadores; mientras gozábamos de las cosas que, creíamos, estaban en función nuestra, funcionábamos según la necesidad de cada creador de objetos.
Sin embargo hay quienes aguardan pacientes, el umbral no da a basto, se hunde con la espera. El mesías no llegará... Cada uno, como mesías de sí mismo, cree que cerrando los ojos nada sucederá.
Está sucediendo, estamos viendo al hombre devorándose al hombre.
Y hay aún quienes creen que allí, donde caen -con precisión quirúrgica- los misiles, está la “guerra”.
Los que mueren aquí ¿no es acaso por esa misma “precisión quirúrgica”?, aquí no cae ningún misil porque todo lo que ha sido pedido fue entregado.
Hace bastante tiempo que nos vienen soplando los velos, y aquellos que esperan en ese umbral miran a un costado como si todo lo que los rodeara les fuese ajeno.
Ahora que vemos cómo se desvanecen todas las instituciones y cómo ceden los lazos que podrían fortalecernos, rasguñamos a ciegas una alternativa que no existe. Y si por las dudas alguna se colase entre las bambalinas, antes de que nos diéramos cuenta, no tardan las aves de rapiña en devorarlos, y una vez desagotado hasta el último aire de significado, antes que se convierta en una realidad identitaria y adquiera algún rasgo de poder que pudiera perturbar el orden de lo absurdo, escupen sus huesos en las cacerolas y disfrazados de solidarios reparten entre unos cuantos hambrientos el puchero de lo que no pudo ser.
Ahora vemos, con un poco más de agudeza que antes, tal vez, cómo se desvanece en el aire lo inmaterial antes de materializarse.
12/04/2003 Andrea Trotta
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